Por varios motivos, 2009 será un año que quedará en la memoria de los mercados financieros mucho tiempo.
Si bien se podría decir que "oficialmente", la crisis financiera mundial explotó con la caída de Lehman Brothers, en septiembre de 2008, los primeros meses del año resultaron caóticos para las bolsas, al tiempo que las principales economías caían en una profunda recesión, en algunos casos ahondando la que ya venían sufriendo.
La asunción del Presidente Obama, a fines de enero, marcó también el inicio de la gestión de Tim Geithner al frente del Tesoro. Si bien se lo consideró un técnico brillante, y útil para llevar adelante su cartera en un momento tan delicado, no ha tenido una participación decisiva durante el año, como si la tuvo Ben Bernanke, el Presidente de la Reserva Federal, a la postre, nombrado como Personaje del Año por la Revista Time.
Obama terminó promulgando el plan de estímulo a la economía que ya se venía preparando antes de su asunción, aunque en su día, dicho paquete de medidas no pareció impactar en los mercados.
Se sabe que, cuando el caos reina, los mercados hacen caso omiso a cualquier medida de contingencia. Era lo que, técnicamente, se conoce por fase de pánico. Y tardó en terminar.
En el medio, miles de especialistas dejaron su opinión, fácil de emitir ante una situación inédita y sin nada que perder. La mayoría optó por hablar de un nuevo orden económico y financiero mundial, del reemplazo del dólar como moneda hegemónica mundial, de la desaparición de centenares de bancos, etc.
Y también, se han propuesto soluciones de todo tipo, la mayoría de las cuales dejaban mucho al azar. Fue Gordon Brown, Primer Ministro Británico, quien acertó con la solución no definitiva, pero que sí llevó calma a los inversores.
Su razonamiento, sin entrar en tecnicismos, fue muy simple: si se perdió dinero, inyectaremos dinero. Cuanto? El que fuera necesario. De modo que las potencias líderes pusieron manos a la obra (y mucho dinero en los bancos), para rescatar a las entidades más comprometidas.
Este principio de solución generó polémicas abiertas hasta el momento: muchos cuestionaron por que los gobiernos tuvieron que salir a tapar las enormidades cometidas por jóvenes ávidos de crear productos financieros con final fatalmente fallido. Pero mientras estos planteos tenían lugar, estas enormes inyecciones de dinero se fueron realizando, a riesgo de dejar de ser útiles si se atendían las protestas de los contribuyentes que nada tenían que ver con la cuestión.
Los gobiernos centrales aprendieron la lección y lo inútil que fue dejar caer a Lehman Brothers, y eso no dejó lugar a dudas sobre la conveniencia de implementar o no los planes de rescate.
Pero los mercados seguían en una ola de ventas imparable, con el dólar en altísimos valores, y solo cuando más de un editorial importante se preguntó si la crisis era para tanto, o si había un alto componente de especulación en el medio, la calma volvió a las bolsas.
Y fue en uno de esos hechos obvios pero no tan obvios en medio de la tormenta, cuando una parte importante del gigante Citigroup fue adquirido por el gobierno americano, justo el día en que sus acciones llegaban a un mínimo de remate. Por si queda alguna duda, para el viernes a la tarde, la institución caía en bancarrota, y sus acciones ya no cotizarían. Y el domingo al mediodía se selló el acuerdo. Que casualidad, no?
La "casualidad" también quiso que, a partir del lunes siguiente, mediados de marzo, y de la mano del fortalecimiento de las acciones bancarias, la bolsa de Nueva York comenzara un movimiento alcista que se mantiene hasta fin de año. Y con ella, los principales activos financieros, que estaban rozando mínimos de años en algunos casos, cobraron vida.
Así, las monedas europeas, encabezadas por el euro (que había rozado 1,23 en el peor momento de la crisis) y la libra Esterlina (que llegó a 1,35 en esos días), comenzaron a recuperar posiciones velozmente, al tiempo que el oro, finalmente la estrella del año, inició un rally que lo llevó a 1227 dólares a fines de noviembre, su marca máxima histórica.
Hacia mediados de año, el panorama financiero aparecía más previsible: ya se había recuperado una parte grande de la pérdida en las bolsas, y la masa de liquidez gigantesca que había quedado inactiva con la crisis, se volcó masivamente a la compra de acciones, commodities, bonos, etc.
Pero entonces surgió otro problema, no menor: la inconsistencia del crecimiento financiero ante la debilidad de la economía "real", que marcaba que, más allá de algunos "brotes verdes", expresión salida de Bernanke, el consumo no daba señales de recuperación, el desempleo seguía creciendo, y el PBI de los países líderes seguía con guarismos negativos.
Hacia fines de septiembre, esa distancia entre finanzas y economía comenzó a acortarse: Alemania y Francia anuncian su salida de la recesión, y Estados Unidos estimó, como finalmente sucedió, que su PBI volvería a estar sobre cero en el tercer trimestre.
El fin de año encuentra a los mercados en una suerte de pausa, con cierta serenidad, con los precios buscando puntos de equilibrio que naturalmente no encontrarán, porque si ello ocurriera no habría mercados, y sobre todo, buscando recuperar el valor intrínseco de los activos, que había quedado desvirtuado con la crisis.
El temor a la desaparición del dólar terminó, y cada vez son menos los que se animan a pronosticar su reemplazo por una canasta de monedas que de todas formas lo tendría como centro, dado que la misma sería una combinación de valores con tipos de cambio variables contra el dólar, lo cual hace absurda e inútil su implementación.
Los doce años de ganancias que se habían perdido en meses, al decir de operadores bursátiles, se recuperaron también en meses, o al menos gran parte de ellos.
El gobierno de Estados Unidos, siempre proclive a hablar de un dólar fuerte, mira con simpatía a su dólar débil por el momento, situación que lo ayuda a pagar deudas más fácilmente, y a exportar mejor.
El señor Trichet, del Banco Central Europeo, abandonó su cuasi cómica tendencia a hablar de inflación con la eurozona en llamas, para adaptar su discurso a las circunstancias presentes.
Y la Reserva Federal, que fue quien cerró los ojos hace unos cuantos años y permitió que esta crisis se produjera, cerró el año con la tasa de interés en cero.
Y 2010?
Precisamente, la Fed tiene en sus manos el destino del dólar, o al menos su cotización contra los activos. Con un PBI positivo (aunque revisado a la baja sobre el final de 2009), con el consumo aumentando muy de a poco, con los indicadores de viviendas saliendo a flote, y sobre todo, con el desempleo alto pero estable, muchos son los que opinan que a partir del segundo trimestre, la tasa de interés será ajustada hacia arriba, lo cual convertiría al dólar en una moneda atractiva para invertir, y no solo como refugio, como ocurre en estos días.
Si esto sucede, será interesante evaluar el comportamiento del oro (hay quienes lo ven llegando a 1300 dólares en el primer trimestre), y de las monedas europeas. Parece claro que Europa no se siente cómoda con un euro tan caro, y que solo la ayuda a pagar el petróleo a menor costo. Y similar situación vive Japón, que con su economía en grandes dificultades, sufrió un tipo de cambio record de 15 años (el yen rozó las 84 unidades contra el Dólar el noviembre).
Proyectar precios, y panoramas de largo plazo forma parte de la futurología, y no es el perfil de este artículo. Pero si es posible pensar que lo peor de la crisis ya pasó, no obstante lo cual, falta una corrección bajista, infaltable después de un movimiento tan punzante como el de los últimos 8 meses de 2009. El tenor de esta corrección dirá si se trata de ello, o de una nueva caída de la economía mundial.
Adrian Aquaro



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